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20/7/10

La mayor masacre senderista en los dominios del "José" El bus de la muerte [I parte].


Presuntos terroristas mataron a más de 100 pobladores.

El 16 de julio de 1984, hace 26 años, los cruentos hechos tuvieron como escenario el sur de Ayacucho. Víctor Quispe Palomino “José” admitió haber comandado la zona en esos días. Infografía

Ciertos días cruentos se disfrazan con aires de rutina, hasta que no hay escapatoria. El lunes 16 de julio de 1984, como todos los lunes, un bus interprovincial de la empresa Cabanino S.A. hizo su recorrido de Lima a la plaza de armas de la provincia de Soras, en el sur de Ayacucho. La llegada estaba programada para la noche de ese 16 de frío y granizada. Y así fue, solo que en el trayecto se aniquiló con piedras, picos y armas de fuego a más de 100 pobladores de Ayacucho y comerciantes cusqueños. Era el “bus de la muerte”.

El vehículo había sido asaltado por unos 30 o 40 presuntos senderistas vestidos de militares y policías, según los sobrevivientes. Los asesinos hicieron el recurrido rutinario para no despertar sospechas, pero en realidad cada parada era un aniquilamiento.

A las 7 am., los primeros asesinatos se consumaron en el anexo de Chalapuquio. Luego en Badopampa, Doce Corral, Chaupihuasi y en el distrito de Soras, el paradero final.

Soras no era cualquier lugar, era un trofeo de guerra para los terroristas. En la plaza de ese distrito, los líderes de 25 anexos de los distritos del margen izquierdo del río Chicha acordaron, como consta en un acta comunal, una alianza para enfrentar a Sendero Luminoso.

El documento fue suscrito en diciembre de 1983. Un mes antes Juan Miranda, Jorge León y Olimpio Jáuregui fueron asesinados en la plaza de Soras, a plena luz del día, a balazos y cuchilladas.

El “camarada José”

“Fue una venganza. Los ‘terrucos’ venían y llamaban por parlantes a la gente. ‘Vengan, el compañero ‘José’ los llama’, nos decían, pero nadie les hacía caso”, cuenta Lidia Jáuregui (69) al recordar incursiones de SL en Soras antes de la masacre del 16 de julio, donde murió su esposo Jorge Meléndez.

En ese entonces, un tal “José” estaba a cargo de las acciones de proselitismo y reclutamiento en Soras. Aquel senderista habría estado bajo el mando de Víctor Quispe Palomino, el popular  “José” del Valle de los Ríos Apurímac y Ene, que desde setiembre de 1982 hasta noviembre de 1984 fue responsable de la zona de Víctor Fajardo que abarca los pueblos masacrados durante el recorrido del bus.

En el atestado Nº 019 – Dircote, del 12 de abril de 1985, al que tuvo acceso La República, Quispe Palomino relató los actos en los que participó, entre ellos la masacre de Lucanamarca, y admitió haber sido mando en Víctor Fajardo en ese periodo.

Por aquellos días se le conocía como “Juvenal” y, según su propio relato, fue descendido a combatiente en noviembre de 1984. Su manifestación fue recogida en 1985 luego de haber sido detenido junto a Sybila Arredondo (la viuda de José María Arguedas), Margie Clavo Peralta y otros mandos senderistas.

La venganza

Los sobrevivientes narraron que aproximadamente a las 8 de la noche, unos 30 o 40 presuntos senderistas vestidos de militares y policías llegaron a la plaza de Soras luego de dejar el bus en la zona denominada Tranca”.

“En ese momento, mi esposo y varias autoridades estaban coordinando para la fiesta de toros. Todo parecía normal”, relata Lidia Jáuregui, quien recuerda que sus tres pequeños hijos dormían.

Los pobladores los atendieron pensando que se trataban de las fuerzas del orden y los invitaron a descansar en el local municipal. De pronto, Lidia escuchó un grito, un remezón, y una ráfaga de disparos que provenían del municipio. La población alarmada acudió al local: 18 hombres bocabajo habían sido asesinados con las manos y pies atados. En la pared había un mensaje escrito con sangre: “Así mueren los soplones”.

La Comisión de Derechos Humanos (COMISEDH), que realizó la investigación antropológico-forense del caso, opina que esta masacre es más grande que la de Lucanamarca por el número de muertos y atrocidad de los crímenes.

“Desde ese día quedé enferma, no soy la misma”, dice Teófila Taipe de 56 años que el día de la matanza en Soras estaba en cama tras haber alumbrado a su hija Miriam. Mientras ella descansaba, su esposo Octavio Atequipa, el gobernador, era asesinado. Vida y muerte.

Investigación congelada

1] Hasta el momento, COMISEDH ha establecido una relación de 99 víctimas y registrado 34 sitios de entierro en donde permanecerían los restos de 72 víctimas.  

2] La mayoría de víctimas eran naturales de Sucre, Ayacucho, mientras que un grupo de 12 a 15 personas, eran comerciantes cusqueños (Sicuani) que habían llegado a la zona conocida como Doce Corral.

3] Recién en noviembre de 2009, la Segunda Fiscalía Supraprovincial de Huamanga sumó las denuncias presentadas por víctimas de Ayacucho y Cusco en un solo expediente, el 192-2007. Desde entonces, se inició una investigación preliminar que sigue entrampada. Aún no se ha realizado la exhumación de los cuerpos. Las víctimas de Sicuani piden que se les entreguen los restos de sus familiares.

Milagros Salazar H.
La Republica

Los 'resucitados' de la masacre. El bus la muerte [II].


Hablan los sobreviviventes de Chaupihuasi y Doce Corral.

Fueron golpeados con piedras y picos durante el cruento recorrido que realizó un grupo de senderistas en julio de 1984. Murieron más de 100, pero ellos sobrevivieron.

“Me golpearon duro en la cabeza y de ahí no reconozco nada, nada… no sé cómo me levanté. Hasta ahora mi cabeza duele, aquí en la parte izquierda, parece que quiere reventar. Otra persona soy”, cuenta Benjamín Félix Sánchez Ramos, quien durante 26 años ha intentado recordar cómo logró sobrevivir luego del ataque senderista a su comunidad Chaupihuasi, en la provincia ayacuchana de Sucre, el lunes 16 de julio de 1984. En sus 45 años de vida, hay casi dos días en blanco, muertos, sin memoria. “Soy un ‘resucitado’”, dice Benjamín.

Aquella vez, unos 30 o 40 presuntos senderistas vestidos de militares y policías llegaron a Chaupihuasi alrededor de las 4 de la tarde, en un bus de la empresa Cabanino procedente de Lima y que tenía como destino final el distrito de Soras.

Los terroristas habían tomado por asalto el vehículo desde las primeras horas del día luego de haber asesinado a varios pobladores de la comunidad de Chalapuquio, Badopampa y Doce Corral, una zona de comerciantes de lana de alpaca. En su sangriento recorrido, los sujetos llegaron a matar a más de cien pobladores en venganza porque estas comunidades en diciembre de 1983 se unieron para enfrentar a Sendero Luminoso.

Víctor Quispe Palomino, el “camarada José” del VRAE, comandaba esta zona de Ayacucho en esos días, tal como admitió en el atestado policial Nº 019-Dircote, del 12 de abril de 1985.

Fueron engañados

Cuando los senderistas llegaron a Chalapuquio, algunos pobladores estaban jugando fútbol en el patio del colegio luego de la reunión de padres de familia de todos los lunes. Ese día, la agenda había sido la kermese de la escuela por la popular Fiesta de Santiago. “Vimos que arriba se había quedado el bus de la empresa Cabanino que entraba los lunes para Soras. De ahí bajó gente con uniformes”, narra Benjamín.

Cecilio Santaria Quispe, el presidente de los ronderos de Chalapuquio que se rebelaron contra Sendero, recuerda que también estaba jugando con Benjamín y que intentó pasar la voz a los demás ronderos, pero la profesora de la escuela le dijo que se trataban de militares y que era mejor esperarlos. Hoy los pobladores aseguran que la maestra, una pobladora de Puquio, era una infiltrada.

Al llegar a la escuela luego de cerca de 15 minutos de caminata los senderistas se presentaron como policías de la patrulla de Puquio. “Algunos tenían ropa de la Guardia Civil”, dice Cecilio. El otro profesor de la escuela los recibió amablemente, les dio la mano y les contó que dos días antes habían capturado senderistas. Los visitantes mandaron a los estudiantes a sus casas y convocaron a una reunión de urgencia en la escuela. Pero la sonrisa amistosa terminó al cerrarse la puerta. Los supuestos soldados y policías se identificaron como terroristas y ordenaron al grupo de pobladores, entre 10 y 12, a hacer filas de hombres y mujeres por separado. Algunas de las mujeres tenían a sus hijos cargados en sus espaldas.

“Empezaron a matar en fila con piedras y picos. Yo le di un ‘cabezazo’ a uno de los terroristas y él me dio un golpe en la cabeza con la culata de un arma. Me quedé ahí, no me acuerdo más”, asegura Cecilio. Ese día también perdió a su esposa quien fue aniquilada en su casa, por otro grupo de senderistas, mientras cuidaba a sus tres pequeñas hijas. Los sujetos del bus se habían organizado en grupos para cumplir su tarea criminal. Cecilio era el jefe de los sublevados, y su familia era un objetivo clave.

Entre los muertos

Benjamín Sánchez al igual que Cecilio no recuerda cómo sobrevivió. Los senderistas le habían “chancado” la cabeza con piedras y lo dieron por muerto. Pero el rondero Felipe Pusari Alarcón asegura que Benjamín se arrastró sangrando hasta su casa que quedaba cerca de la escuela y ahí lo encontró al día siguiente de la masacre echado en un rincón sin decir palabra. “Sólo tomaba agua”, cuenta.

Felipe se salvó porque él y otros ronderos estaban lejos de la escuela cumpliendo con sus funciones. Él narra que en el camino vieron huellas de pisadas de botas y zapatillas y eso les pareció sospechoso. “Diferentes huellas eran. Entonces dijimos que eran terrucos y fuimos corriendo a escondernos por los cerros”, dice. Un grupo de ronderos fue encomendado a visitar Doce Corral, que queda a media hora de Chaupihuasi y por donde ya había pasado el “bus de la muerte”.

“Ahí la sangre como este río estaba corriendo”, dice Felipe al frente de la escuela de aquella tarde cruenta. Los militares llegaron tres días después, según los pobladores, y les hicieron enterrar a los muertos detrás de la escuela. Entre ellos estaba el cuerpo de Florinda Sánchez Ramos, la hermana de Benjamín, de apenas 15 años, y de su esposa Lidia Pusari Santaria. Después de un mes, los líderes acordaron desenterrar su dolor y trasladar los cuerpos al cementerio de Doce Corral en costales y mulas. Ahí aún permanecen en medio de cruces de madera caídos y flores secas, a la espera de que las autoridades ordenen la exhumación de los cuerpos para que se haga justicia.

La mujer que sobrevivió con un bebé en su vientre

Había caminado todo un día desde Carhuarazo, una zona altoandina de Ayacucho, para llegar a Doce Corral y poder vender su lana de alpaca junto a su esposo. Teodora Pariona realizaba su labor habitual de comerciante hasta que unos hombres vestidos de militares y policías la torturaron junto a un grupo de negociantes. Era cerca de las 3 p.m.

Los pobladores fueron amarrados y obligados a ponerse de rodilla. Los sujetos empezaron a interrogar a las víctimas sobre las acciones planificadas por la comunidad en contra de Sendero Luminoso. “Empezaron a asesinar uno por uno como si fueran animales. A mí me vieron hablar con otra persona y me golpearon con un pico en la cabeza, mi cara cayó sobre un ladrillo y perdí el conocimiento”, cuenta Teodora que debido al ataque perdió varios dientes, tiene la mandíbula lesionada y dolores de cabeza que no cesan.

Aquella vez, Teodora tenía 21 años y cuatro meses de embarazo. Su madre la rescató luego de dos días, su bebé sobrevivió en su vientre pero su esposo no logró salvarse. Ella tiene miedo a la muchedumbre y sigue sin superar la masacre. Al igual que las demás víctimas exige reparaciones del Estado y castigo para los culpables.

Milagros Salazar H.
La Republica

La espera eterna, 26 años sin justicia, El bus de la muerte III



Doce pobladores de Sicuani (Cusco) figuran entre el centenar de pobladores victimados por presuntos senderistas en julio de 1984, en Ayacucho. Sus familiares exigen que se les entregue sus restos.

Los muertos están en Ayacucho, pero el dolor trasciende esta región golpeada. En el distrito cusqueño de Sicuani, Gabina Colque, una anciana de 74 años, murmura en quechua y llora ni bien escucha hablar de Leonardo Sinsaya Colque, su hijo, su “Nanildo”.

“No sé dónde estará. De lo que ha viajado no ha llegado, dónde estará”, dice mientras abre un álbum de fotos para presentarnos al ser por el que llora y por el que ha repetido tantas veces un deseo que tiene el aliento de un rezo: “ya llegará, ya llegará”.

Leonardo Sinsaya es uno de los pobladores de Sicuani que figura entre el centenar de víctimas asesinadas el 16 de julio de 1984 por presuntos terroristas a bordo de un bus de la empresa Cabanino con el que recorrieron diversos parajes y comunidades de la provincia ayacuchana de Sucre para acabar con la vida de comuneros que se habían unido contra Sendero Luminoso. Como estrategia, los perpetradores se disfrazaron de militares y policías, para sacar toda la información posible a los pobladores sublevados y luego masacrarlos. La zona era comandada por Víctor Quispe Palomino, el “camarada José”.

Las víctimas de Sicuani fueron atacadas en Doce Corral, un paraje adonde llegaban para comprar y vender lana de alpaca y solían quedarse por temporadas. Según la Comisión de Derechos Humanos (COMISEDH) y la Vicaría de Sicuani, hasta el momento se han identificado diez pobladores cusqueños asesinados y dos desaparecidos. Aunque solo estaban de paso, los sicuaninos eran vistos como “soplones” por los senderistas. Leonardo Sinsaya ya había recibido amenazas, dice su familia, por lo que había prometido que el viaje de julio de 1984 iba a ser el último. Pero la desgracia llegó antes.

Parada mortal

Cuando el “bus de la muerte” se detuvo en Doce Corral, había caído la granizada. Algunas mujeres de Sicuani que estaban lavando ropa en el río se refugiaron en algunas casas y tiendas. Mientras que otro grupo de hombres y mujeres ayudaba en la construcción de una vivienda. Era casi las 3 de la tarde.

Los presuntos senderistas se dividieron en grupos. Unos cinco hombres se acercaron a quienes trabajaban en la edificación de la casa. “‘Somos soldados, venimos de Puquio’, nos han dicho. ‘¿Han venido terroristas?, preguntaron’. Nosotros no hemos contestado”, narra Irene Arunaca Aguilar, quien sigue viviendo en Doce Corral, el lugar de sus pesadillas, en donde perdió a su esposo Eusebio Mamani Aquino y su hermano Aniceto Arunaca Aguilar, los dos desaparecidos de Sicuani. Más de una interrogante tiene atrapada a Irene en este paraje de alpacas nerviosas en donde hoy sólo quedan dos familias y el frío hace doler la cabeza.

Irene cuenta que los terroristas le amarraron las manos con jebes y la encerraron en un cuarto junto a otras mujeres con hijos. Ella tenía en sus espaldas a William de un año y cuatro meses. De pronto, una de las mujeres reconoció a un senderista y pasó la voz. Las que no hablaron contra Sendero se salvaron y las que sí lo hicieron, murieron.

Cuando los terroristas se fueron para seguir con su sangriento recorrido, las mujeres escaparon a los cerros. “Nos hemos ido pisando las piedritas para no dejar huellas”, narra Irene, quien asegura que a la medianoche regresó el bus a Doce Corral procedente de Soras, donde ya habían sido asesinados líderes ronderos y autoridades. El retorno tenía como objetivo acabar con los sobrevivientes.

De regreso a casa

Aquella tarde, Hilda Condori, que apenas tenía 15 años, también escapó a los cerros luego de ser torturada en una de las tiendas.

Pero su cuñado Raymundo Obanda y su cuñada Bernardina Yucra no se salvaron. Bernardita murió justo cuando su pareja Prudencio Condori, con quien ya tenía dos hijas, se dirigía a Sicuani para avanzar en los preparativos del matrimonio religioso que habían planificado para agosto. Prudencio se enteró de la noticia en el camino, regresó a Doce Corral y con ayuda de su hermano desenterró los restos de su mujer. Los llevó a Sicuani para llorar su tragedia, pero su dolor no cesó. La familia de Bernardina pensó que él la había matado por lo que las autoridades ordenaron la exhumación de los restos.

Bernardina es la única que descansa en Sicuani. Los cuerpos de sus paisanos victimados permanecen en el cementerio de Doce Corral. “Que traigan a mi hijo para enterrarlo junto a su padre”, reclama doña Gabina. Pero la Segunda Fiscalía Penal Supraprovincial de Huamanga que tiene a cargo el caso aún no ordena la exhumación de los cuerpos.

Jackeline Condori, la hija de Bernardina, reconoce que aquellos que tienen a sus muertos lejos enfrentan un dolor mayor. Los familiares de las víctimas de Ayacucho y Sicuani reclaman verdad y justicia. Son 26 años de espera.

Exigen celeridad en investigación

El abogado de COMISEDH, Gustavo Campos, pidió mayor celeridad en la investigación. “Lo que debe hacerse pronto es la exhumación de los cuerpos y dar facilidades para que los sobrevivientes y los familiares de las víctimas den sus declaraciones y alcancen justicia”, aseguró.

COMISEDH se ha encargado de la investigación antropológico-forense de este caso que es aún más grande que el de Lucanamarca por el número de muertos y la atrocidad de los crímenes. Hasta el momento, ha establecido una relación de 99 víctimas y registrado 34 sitios de entierro en donde permanecerían los restos de 72 víctimas.

La Vicaría de Sicuani acompaña la defensa legal de las víctimas del Cusco. Su abogado, Wilmer Quiroz, aseguró que la Fiscalía de Canchis no está ayudando a avanzar en la investigación y aún no recoge los testimonios de los familiares a pesar de la petición que realizó en mayo la fiscalía de Huamanga. Por ello, la Vicaría gestiona el viaje de un grupo de familiares a Ayacucho para que den sus declaraciones.

Milagros Salazar H.
La Republica